Fue una de las transferencias más importantes que recibió el fútbol uruguayo en el año 2006. Se trataba de un delantero colombiano de categoría, que había jugado en la Premier League y que había defendido a su selección en Copa América, Eliminatorias y el Mundial Francia 1998.
La expectativa generada por su llegada, motivó que la presentación en la sede danubiana, fuera cubierta por gran cantidad de periodistas.
El hombre nacido en Quibdó y surgido en Deportivo Cali, llegó al club de la Curva de Maroñas, a pedido del entrenador de aquel momento, Gustavo Matosas. Cargaba sobre sus espaldas con una vasta trayectoria que incluía equipos de Colombia, Inglaterra, España, Bulgaria, Japón, Ecuador, etc., pero, además, y lo más importante, en todos los casos con buen suceso.
Por ejemplo, en el fútbol inglés disputó 115 partidos y marcó 56 goles entre 1997 y 2001. En tanto, con la Selección Colombia jugó 27 partidos y convirtió 5 goles, repartidos entre Copa América 1997 y 1999, Eliminatorias 1998 y 2002 y Mundial 1998.
Ricard, una vez adaptado al fútbol uruguayo, fue progresivamente mejorando sus producciones y aumentando la cantidad de goles en su haber, resultando factótum para la obtención del conjunto franjeado del Apertura 2006, Clausura 2007 y Campeonato Uruguayo 2006/07. En total convirtió 12 tantos.
Luego de finalizar el mencionado “Uruguayo”, partió al fútbol chino para jugar en el Shanghái Shenhua, donde también se destacó y en 2009 retornó a Danubio. En esta nueva etapa, no alcanzó a brillar, como la primera vez, pero hay que tener en cuenta, que el plantel ya no tenía la calidad de aquel que conducía Matosas. Igualmente jugó una decena de partidos y anotó 3 goles.
En sus dos etapas con la franja negra al pecho, logró tres títulos de campeón, jugó la Copa Libertadores y convirtió 15 goles en 38 partidos. Para muchos parciales danubianos es uno de los mejores extranjeros que pasaron por el club.
En el año 2010 se fue a Chile y tras jugar un año en Deportes Concepción, regresó a Colombia para jugar en Deportes Quindío y cerrar su carrera en el Cortuluá Fútbol Club.
Además de lo conseguido con Danubio, a su palmarés hay que agregarle los títulos de campeón de Colombia con Deportivo Cali y de Chipre con el club Apoel.
Tras veinte años de carrera profesional disputó en total, entre clubes y la selección cafetera, 573 partidos y anotó 217 goles dejando una gran imagen en el fútbol internacional.
Actualmente trabaja como entrenador de delanteros.
Martes 10 de junio de 1924. Portada del diario El Día. La publicación de José Batlle y Ordóñez, fue el único periódico que cubrió el campeonato mundial de fútbol, en la VIII Olimpiada, con un enviado especial. Lorenzo Batlle Berres, sobrino de Don Pepe, viajó como un integrante más de la delegación. Así comenzó la cobertura después de la sensacional victoria.
La geografía del estuario del Río de la Plata favoreció el desarrollo deportivo internacional entre Argentina y Uruguay. El hecho de subirse por la noche al Vapor de la Carrera[1] en una de las ciudades, viajar y arribar a la mañana siguiente a la otra margen, llevar a cabo en la tarde el enfrentamiento deportivo y retornar desandando el camino concluyendo la excursión ni bien saliera el sol el día posterior, favoreció la competencia internacional, que aumentaría exponencialmente en las próximas décadas, a un extremo como no ocurrió en ningún otro lugar del mundo.
Chevallier Boutell presidente del fútbol argentino
La sagacidad de este británico que llegó a Montevideo en 18973 y que contrajo matrimonio con la uruguaya Rosa Granero, radicado en Buenos Aires donde nacieron sus hijos, sumaba a su creciente prestigio personal, la eficacia de los excelentes resultados futbolísticos que exhibía desde la presidencia de Lomas Athletic Club. Conduciendo personalmente la actividad del fútbol en esa institución, posibilitó que el 30 de marzo de 1900 lograra el objetivo. Asumió la presidencia de la Argentina Association Football League acompañado en la vice por James Oswald Anderson, importante jugador y organizador de actividades en Lomas AC; el secretario Horace William Botting, destacado jugador de Belgrano AC, luego principal juez conocedor meticuloso de las reglas y las decisiones del fútbol inglés, y el tesorero Barrington Blomfield Syer. A excepción de este último los otros tres conductores del fútbol argentino tendrán gran influencia en la concreción de los primeros partidos de la selección de Uruguay frente Argentina, el mejoramiento arbitral en Montevideo y el éxito de la competencia internacional con la denominada, oficialmente, Cup Tie Competition, popularmente conocida como Copa Competencia y, en Montevideo, también llamada Copa Argentina.
El reconocido periodista deportivo argentino Alejandro Fabbri desató la polémica al cuestionar la validez de las 2 estrellas mundialistas de 1924 y 1928 y al emitir un conjunto de afirmaciones carentes de sustentos documentados sobre la organización del mundial de 1930 y el comportamiento de los jugadores uruguayos en el transcurso del evento. La discusión en torno a los campeonatos de 1924 y 1928 es un tema laudado por FIFA pero muchas veces, entre propios y extraños, vuelven a escucharse voces que pretenden deslegitimar lo resuelto por el máximo ente rector del fútbol internacional. La obtención del primer campeonato del mundo a través de la conquista de la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Colombes enardeció la rivalidad con nuestros vecinos argentinos. La celeste había conseguido un éxito deportivo inédito para el fútbol sudamericano y los porteños querían demostrar que podían ser campeones del mundo si vencían a los ganadores de la presea dorada.
Ambas asociaciones decidieron homenajear a los campeones mundiales y preparar el Torneo Sudamericano de noviembre de 1924 jugando un par de cotejos amistosos entre sí. El primero de estos partidos se disputó el 21 de setiembre en el Parque Central y culminó 1 a 1 tras el empate albiceleste en las postrimerías del encuentro. La revancha estaba pactada para el domingo próximo en Buenos Aires pero el match tuvo que ser reprogramado por el desborde del público argentino. Un indicador contundente de la enorme atracción que generaba la presencia de los olímpicos y la tensa rivalidad que había entre ambos combinados nacionales. Se veía venir que iba a pasar de todo.
Una foto del partido publicada en El Día.
LA REPROGRAMACIÓN DEL MATCH
El partido pactado para el 28 de setiembre de 1924 duró tan solo algunos minutos debido a que se tuvo que suspender por la invasión de los aficionados. El extinto estadio de Sportivo Barracas era el escenario que albergaba los encuentros más importantes de aquel entonces por tener una capacidad para 30 mil espectadores. Sin embargo, en aquella tarde asistieron cerca de 50 mil personas y las instalaciones se vieron absolutamente desbordadas. El público invadió el campo de juego y la policía no pudo disuadir a quienes habían adquirido sus boletos, a los que se colaron a través de los muros ni a los que provocaron avalanchas en la puerta de entrada. La dirigencia argentina le pidió a nuestros compatriotas que el partido se jugara el jueves 2 de octubre y la delegación uruguaya accedió a la solicitud.
El aplazamiento de 96 horas se debió a que se tuvieron que hacer algunos arreglos en la cancha tras los destrozos ocasionados por la gente. Uno de ellos fue colocar un tejido perimetral que separara a los espectadores del campo de juego. Como la idea era proteger a los jugadores campeones de Colombes se le llamó alambrado olímpico. Otra medida adoptada consistió en ejercer una supervisión más férreo del número de entradas puestas a la venta. Se ofrecieron menos de 30 mil tickets para evitar que se repitiera un nuevo desborde de aficionados y para que la policía pudiera tener un mayor control ante eventuales levantamientos. Pero el ambiente estaba “caldeado”, como se dice popularmente, y el tejido colocado no fue una barrera suficiente para evitar los infelices sucesos acaecidos.
PIEDRAS, BOTELLAS Y UN GOL DE CORNER. UNA JORNADA COMPLETITA.
Secuencia fotográfica del gol de córner al arquero olímpico. Se acuño la denominación de gol olímpico
El match se disputó en las primeras horas de la tarde y el calor de la incipiente primavera pegó fuerte tanto en los deportistas como en los espectadores. El público local estaba ávido por ver a los distinguidos campeones y como sus jugadores podían vencer a los olímpicos. El partido estuvo marcado desde el kick off por una rispidez mayor a la habitual que fue acompañada de forma concomitante por parte de quienes presenciaban las acciones desde la tribuna. El score se abrió a los 15 minutos tras un espectacular tiro de esquina ejecutado por el futbolista de Huracán Cesáreo Onzari que sorprendió por completo al guardameta Mazalli por el efecto que tomó el balón. Los espectadores demoraron en gritar el gol dado que la mayoría no sabía que la FIFA había habilitado unos meses atrás los goles convertidos directamente desde un corner. El juez uruguayo Ricardo Vallarino conocía la modificación reglamentaria que había sido notificada a la AFA días antes del encuentro y dio por válida la anotación. Debido a que el gol le fue realizado al arquero campeón, la prensa local bautizó de inmediato a la jugada como “gol olímpico”. Así surgió la tradicional denominación que se le atribuye a este tipo de goles convertidos desde una de las cuatro esquinas del campo de juego. Los celestes se fueron arriba con todo y consiguieron el empate transitorio a los 29´ por intermedio de “El Vasco” Pedro Cea. La primera parte culminó empatada pero el equipo albiceleste se adelantó nuevamente en el tanteador a los 53´ tras anotación de Domingo Tarasconi. Este resultado parcial se convirtió en el marcador final del encuentro que no llegó a su finalización con los dos equipos dentro de la cancha. Los uruguayos abandonaron el campo de juego a los 86´ para culminar en una bataola generalizada con varios hinchas porteños. Los futbolistas recibieron una verdadera lluvia de piedras y botellas durante todo el cotejo y no lograron controlar los impulsos de respuesta a los brutales ataques. Las agresiones fueron reconocidas por la prensa local pero el enfoque que se dio a los acontecimientos no fue exactamente el mismo a ambas orillas del Río de la Plata. Un hecho tan viejo como la misma rivalidad deportiva.
La euforia del público local por ver a su selección frente a los campeones del mundo generó los más diversos desmanes. Se erigió una contención que separó a los hinchas del campo de juego. Se había instalado el alambrado olímpico,
“LA ACTITUD INCULTA DEL PÚBLICO ARGENTINO EN EL MATCH DE AYER ”.
Este fue el título de la sección “Cultura física” del diario El Día en su edición vespertina del viernes 3 de octubre de 1924. Esta afirmación fue desarrollada por el cronista de turno a partir de las noticias que recibió el periódico de facción batllista en su redacción por la incipiente transmisión radial que emitió la Estación LOR en Argentina y que se escuchó a través de un receptor superheterodino de General Electric. El autor del escrito definió que “lo acontecido ayer en Sportivo Barracas no tiene precedentes en la historia del football rioplatense. Imagínese el lector a un público de treinta mil personas enfurecido como una inmensa jauría, traduciendo su furia en un continuo clamor de insultos y denuestos contra los deportistas que los honraban con su visita, y que no bastándole la agresión de palabra la emprende contra los once caballerescos e indefensos adversarios con una lluvia de pedradas y botellazos, y se tendrá la impresión de lo que fue el público argentino en el match de ayer”. Y continúa afirmando que “en el ambiente deportivo porteño existía un solo propósito; el propósito de ganarles – “aunque hubiera que valerse para ello de cualquier medio”. Más adelante, el autor establece el “contraste” con lo sucedido en el encuentro amistoso de setiembre en nuestro país. “ En el partido del 21 del pasado entre olímpicos y argentinos, éstos fueron sacados en andas del Parque Central por nuestro público”.
Por su parte, la prestigiosa revista El Gráfico dio su versión sobre los hechos expresando las siguientes sensaciones: “Pocas veces hemos experimentado en un campo de juego la impresión dolorosa, de desconcierto, que sufrimos ante el epílogo que tuvo el encuentro. Las escenas de guerrillas entre los campeones olímpicos y el público, aquella otra de Scarone luchando a brazo partido con los agentes de policía, procurando impedirle que abandonase el field, no tienen precedente en las luchas rioplatenses. De como se pudo llegar a esta exaltación y falta de buen tino, es lo que no nos explicamos, y si buscamos su origen debemos decir en honor a la verdad, que lo encontraríamos por igual en la conducta de ambas partes. No de otra manera se explica el juego algo brusco de los visitantes cuando comprobaron el poder del team argentino, como tampoco se explican las botellas y piedras que por tal causa les fueron arrojadas, sobre todo aquellas primeras dirigidas al arquero Mazalli, que ninguna participación tenía en las violentas intervenciones de sus compañeros”.
“Me sorprendió la actitud del público que contrasta con la forma fraternal con que recibimos a los argentinos en nuestro país días pasados. El retiro de la cancha se debió a que consideré anormales las condiciones en que se desarrollaba el partido”Palabras de José Nasazzi
Sin lugar a dudas, en ambas versiones queda establecido que la afición local tuvo un comportamiento muy hostil con los vigentes campeones del mundo. El cronista argentino pretendió justificarlo a través del juego brusco oriental. La pluma de El Día hizo referencia a los hechos contrastando la actitud de los aficionados uruguayos cuando se jugó el primer partido de esa serie de amistosos en Montevideo. A su vez, en el artículo del diario dirigido por la familia Batlle Pacheco aparece el siguiente pasaje: “El jugador Adolfo Celli se rompió una pierna al pretender rompérsela a Cea y el capitán olímpico autorizó a sus adversarios a reponer el jugador lesionado, galantería que jamás tuvieron los argentinos en innumerables casos análogos.” Este “gesto” de Nasazzi también fue reconocido por la prensa argentina porque aún no existían los cambios. Si un jugador lesionado debía salir de la cancha no tenía sustitución salvo que se estableciera un acuerdo como el mencionado en pleno desarrollo del match. Lo que si enfatizaron los diarios argentinos y fue omitido en El Día es que Celli sufrió fractura de tibia y peroné debido a la excesiva fuerza aplicada en la disputa del balón.
“No me dejaban correr, cuando pretendía marcar a Onzari me llovían las piedras y botellas…”
La vehemencia llegó a límites extremos y todo terminó de forma bochornosa. Los jugadores uruguayos se retiraron a los 86 minutos de la cancha y sus colegas albicelestes fueron a buscarlos para culminar el partido. Los celestes estaban entreverados en plena trifulca y los argentinos retornaron al campo de juego para permanecer en el mismo hasta el pitazo final y poder concretar la victoria tal cual lo establecía el reglamento.
Más allá de juzgamientos sobre la conducta de todos los involucrados en aquella jornada que pretendió ser de índole deportiva, la verdad es que la rivalidad futbolística entre los dos países bañados por las aguas del Estuario del Plata estaba sumamente instalada en la población. El público argentino festejó el triunfo sobre los campeones olímpicos con gran algarabía mientras que en la opinión pública uruguaya se pretendió explicar la derrota en base al comportamiento de los porteños. Las agresiones del público local fueron reconocidas por los propios argentinos pero la gran cuestión de fondo era lo que significaba ganar o perder el clásico partido. Los argentinos seguían lamentándose no haber viajado a Francia para participar del campeonato de Colombes mientras que los uruguayos si lo habían hecho con un rotundo éxito. Los hinchas celestes tuvieron la oportunidad de ostentar el orgullo de la gesta mundialista ante su tradicional adversario pero dicha intención se frustró con el empate en el Parque Central y perdiendo en Buenos Aires hasta con un gol de corner. En 1930, tras acumular su segunda derrota mundialista consecutiva con Uruguay entre la final de Ámsterdam 1928 y la de la Copa del Mundo de Montevideo, los argentinos pretendieron justificar la nueva derrota aludiendo a la hostilidad del público presente en el Estadio Centenario y las supuestas amenazas de los efectivos policiales actuantes en la tarde del 30 de julio. Nunca se podrá dictaminar con exactitud quienes tuvieron la razón en todos estos acontecimientos porque en cada orilla se dieron las versiones oportunas. Pero lo que si queda claro es que la pasión que generó el balompié en el Río de la Plata llevó a que uruguayos y argentinos experimentemos un indisoluble vínculo fraternal salvo, cuando nos cruzamos en una cancha de fútbol.
A los 35´ se produjo el cambio de Adolfo Celli por Ludovico Bidoglio debido a la fractura del primer referido.
Uruguay. Andrés Mazalli, José Nasazzi, Fermín Uriarte, José Leandro Andrade, Alfredo Zibechi, Pedro Zingone, Santos Urdinarán, Héctor Scarone, Pedro Petrone, Pedro Cea, Ángel Romano.
El gran líder del período más glorioso del balompié oriental jugó su último encuentro con el combinado nacional en las vísperas de la primavera de 1936. El Estadio Centenario estuvo colmado de espectadores para presenciar una nueva versión del clásico rioplatense y para ser testigos inmortales del último encuentro del mariscal con la casaca uruguaya. Nasazzi fue el líder innato del período más glorioso de nuestro fútbol y fue uno de los responsables directos para que la palabra victoria se tiñera de color celeste. La rispidez emanada de las sucesivas contiendas entre hermanos rioplatenses tuvo uno de sus puntos más álgidos luego de la final de Montevideo y ambos seleccionados dejaron de compartir el color celeste por algunos años de la década de 1930. Argentina se inclinó por una blusa blanca y Uruguay optó por la histórica casaca roja con la que se coronó campeón en Santa Beatriz, El combinado nacional continuó utilizando esa peculiar vestimenta por un tiempo más y generó algunos sucesos que pasan absolutamente inadvertidos en nuestros días. Uno de ellos, y capaz que el más significativo, es que el legendario capitán defendió por última vez la honorable causa celeste vestido de rojo.
José Nasazzi vistió por primera vez la maravillosa camiseta color cielo el 4 de noviembre de 1923 y nunca más se la sacó del alma. Aquella renovada selección uruguaya debutaba en el torneo Sudamericano frente a Paraguay y se imponía por 2 a 0 en el viejo Parque Central. Un mes después, el equipo uruguayo terminó conquistando su cuarta estrella continental y Atilio Narancio se puso en campaña para cumplir con su promesa de ir a jugar el campeonato olímpico de París. Nasazzi fue el líder indiscutido del período más glorioso que una selección nacional haya protagonizado en la historia del fútbol mundial y que ningún otro combinado podrá igualar en lo que resta de la eternidad. El joven muchacho oriundo de Villa Peñarol, y que recaló en el barrio Bella Vista luego del fallecimiento de su padre, fue un defensor exquisito cuyo legado superó lo estrictamente técnico. El mariscal fue el gran conductor de aquella distinguida generación de futbolistas y con su firme accionar configuró el perfil de la figura del capitán oriental. Su presencia en la trilogía mundialista entre los años 1924 y 1930 fue fundamental, tan solo estuvo ausente en la semifinal de Ámsterdam frente a Italia, y su destacada prestancia en la defensa uruguaya despertó un profundo sentimiento de respeto por parte de propios y extraños. Así sucedió con sus adversarios argentinos como el afamado Manuel “Nolo” Ferreira. Ambos capitanes fueron acérrimos adversarios en el campo de juego y grandes amigos del otro lado de la línea de cal.
El mariscal impuso su presencia en el área uruguaya.
Dos naciones futboleras separadas por mucho más que un río
La final del 30 de julio de 1930 representó un punto de quiebre en la actividad futbolística de Sudamérica. Los resquemores surgidos entre las naciones futboleras rioplatenses superaron el ámbito deportivo y las disputas llegaron a las más altas esferas diplomáticas. La presencia del color celeste en las dos camisetas fue un botín de disputa y ambas asociaciones optaron por no utilizarlo de forma provisoria. Argentina y Uruguay eran las dos grandes potencias del continente y sus diferencias repercutían de forma directa en el ámbito dirigencial de la Confederación Sudamericana de Fútbol (CONMEBOL) y en el calendario de la competición oficial. La consecución de torneos sudamericanos celebrados en la década de los años 20 se vio interrumpida de forma abrupta y su disputa recién se retomó en 1935. La Asociación Uruguaya fue una de las entidades que decidió concurrir a la cita continental y la delegación emprendió una auténtica travesía para llegar a tierras incaicas. Varios campeones del mundo habían culminado su participación en el combinado mientras que otros estaban cursando el epílogo de sus respectivas carreras deportivas. Nasazzi se desempeñaba como profesional en Nacional pero su vocación por servir la causa del combinado uruguayo seguía alimentada por el más puro sentimiento de aficionado. El Sudamericano de Lima significó el retorno de Uruguay a la competición oficial internacional y Nasazzi volvió a demostrar su condición de líder natural. Disputó los tres encuentros del certamen y acuñó, junto a sus experimentados compañeros, el mítico concepto de la garra charrúa. Así denominó la prensa de nuestro país al resonante triunfo del veterano equipo rojo frente a los habilidosos pibes porteños. Ahora sí, la era de Nasazzi había llegado a su punto cúlmine.
El tiempo pasaba pero el talento no. Nasazzi fue la figura de la tarde para volver a ganar el clásico
El año 1936 no tenía mayores novedades en el calendario futbolístico uruguayo al no asistir a los Juegos Olímpicos de Berlín. Dos enfrentamientos con el clásico rival rioplatense eran los puntos más destacados de la actividad del representativo nacional. El primero de estos encuentros se disputó en el estadio de Independiente y finalizó con la victoria local por 1 a 0. El gol argentino fue convertido por Alberto Zozaya y los porteños se quedaron con la Copa Juan R. Mignaburu el 9 de agosto. La revancha quedó establecida para el día 20 de setiembre en el Estadio Centenario por la Copa Héctor Rivadavia Gómez. La última victoria de los rojos uruguayos había sido en el sudamericano de Perú y los dirigentes asociacionistas, comandados por Raúl Jude, querían retornar a la senda del triunfo clásico. Este propósito los condujo a convocar a José Nasazzi para que defendiera la causa de nuestro balompié una vez más. El mariscal estaba disputando su penúltima temporada en el equipo tricolor y ya se había retirado de la actividad internacional. La citación sorprendió a la opinión pública y despertó varias incógnitas entre cronistas e hinchas. El eterno capitán aceptó el desafío y volvió a descender las escalinatas del Centenario para defender la casaca roja campeona de América.
Uno de los elementos novedosos de aquel encuentro fue la sustitución de jugadores en el transcurso del match.
La taquilla oficial indicó que se vendieron 42127 entradas y que la recaudación sumó la voluminosa cifra de $21480 pesos. El Centenario, con las dos tribunas cabeceras sin sus respectivos terceros anillos, estaba repleto de hinchas fervorosos por la obtención de una nueva victoria ante los argentinos. La inclusión de Nasazzi en el equipo titular representaba un gran atractivo pero su nivel de desempeño motivaba ciertas interrogantes en el análisis previo. Argentina arribó al Monumento Histórico del Fútbol Mundial con un equipo muy fuerte repleto de jóvenes figuras que habían irrumpido con mucha fuerza en el campeonato doméstico de la vecina orilla. Pero en la zaga uruguaya estaba el mariscal. Una verdadera garantía como en aquellos tiempos de esplendor en los que la selección nacional vestía de celeste.
“Nasazzi sigue siendo Nasazzi”
“El veterano campeón olímpico José Nasazzi encontró un nuevo motivo pararatificar sus aptitudes de campeón y la gran calidad de esa pasta amalgamada en tres competencia mundiales. Llamado nuevamente a integrar la zaga del seleccionado rojo, tuvo sus despliegues de antaño y el mismo espíritu de lucha, la misma agilidad mental y los mismos entusiasmos aportados en procura de otras conquistas más resonantes y preciadas en el mismo escenario donde recibiera el espaldarazo de su tercera conquista mundial consecutiva. El veterano zaguero albo puso el pecho a una delantera rejuvenecida aventando la peligrosidad de sus recursos con la férrea resistencia de su experiencia vigorosa. Su oportunismo y decisión inteligentemente aplicados, alcanzaron para solucionar todos aquellos problemas que se crearon a su valla especialmente en el juego por elevación, sus cabezazos formidables anularon todo peligro, defendiéndose bastante bien cuando las incursiones enemigas se sustentaron en el juego a ras de tierra que hicieron de común los García. Jamás descuido su colocación y tuvo quites certeros completando la labor defensiva con el kick fuerte y bien dirigido. Ante estas pruebas de eficacia que nos dispensa el mariscal Nasazzi, no vemos el momento en que conoceremos el extremo de su ´cuerda´. El nos dijo ayer que era su despedida del football internacional al que había vuelto por excepción (….) Los hechos han demostrado fehacientemente que, a pesar de todos los pesares, Nasazzi sigue siendo Nasazzi.”
Las palabras del cronista del diario El Plata del 21 de setiembre de 1936 ilustran a la perfección la última actuación del gran capitán aquella tarde en el Centenario. El mariscal sabía que la vida y el fútbol le regalaban un clásico más y no lo desaprovechó. Su desempeño en la defensa uruguaya fue sumamente eficaz para disminuir los furibundos ataques de los forwards porteños. El partido empezó cuesta arriba para los uruguayos y los argentinos se adelantaron en el marcador a los 15 minutos de juego a través de la conversión de Diego García. Los visitantes dominaron las acciones y subieron a los viejos vestuarios de la Tribuna Olímpica con ventaja en el score. El segundo tiempo fue muy parejo pero el combinado nacional logró imponer su plan. Nasazzi cerró la defensa roja y el equipo se lanzó al ataque sabiendo que el fondo estaba resguardado. Pedro Lago a los 67´ y Segundo Villadóniga a los 86´ fueron los autores de los goles que dieron vuelta el marcador y sentenciaron el resultado definitivo. Los uruguayos volvían a imponerse en el segundo clásico más longevo del planeta con el eterno capitán en el campo,
Nasazzi se despedía de la afición oriental con su sana costumbre de ganarle a los porteños.
Terminado el encuentro, el cronista de El Plata se dirigió a los camarines para obtener la palabra de los protagonistas. “En los vestuarios del team local todo era alegría y entusiasmo por el triunfo obtenido, y en ese ambiente, el veterano capitán Nasazzi se prestó gustoso a ofrecernos sus impresiones sobre el encuentro (….) El zaguero del Club Nacional, con esa experiencia adquirida en el curso de su larga campaña cumplida, comenzó por expresar que sus dirigidos habían respondido ampliamente a la confianza que en ellos se había depositado realizando la actuación que les cupo en el segundo período del match, lo que los llevó a paladear la victoria, que él considera merecida, ya que el cuadro porteño, ante la levantada de los rojos, estuvo muy lejos de repetir su labor del primer tiempo”. Por su parte, el capitán visitante también expresó su opinión al desaparecido diario El Plata y perpetuó su valoración sobre el cotejo. “Con respecto al desarrollo del encuentro, agregó Minella que en el primer período fue evidente el desempeño más convincente del conjunto argentino. Los forwards tuvieron en Nasazzi y Besuzzo a los más empeñosos y hábiles adversarios, pero que en la segunda etapa bajó su nivel de juego, como consecuencia de la reacción experimentada por sus contrarios”. Asimismo, Nasazzi y Minella fueron recíprocos en la corrección de sus adversarios, en la buena actuación del referee y en la destacada conducta de los espectadores durante el partido para que se viviera una auténtica fiesta deportiva.
El partido terminó, el bullicio de las tribunas se disipó y Nasazzi dejó sobre la banca su uniforme de casaca roja y short blanco. Tomó sus pertenencias y emprendió el retiro para cumplir con los compromisos restantes de la jornada. Seguramente, en lo más intimo de su fuero, emanaron los más diversos recuerdos de aquel muchacho de la industria del mármol que arribó a la primera práctica en el Parque Central para conformar la nueva selección que iba a disputar el Sudamericano de 1923. ¡Cuanto tiempo, cuántos partidos y cuánta gloria! Cuántos hechos destacados que trascendieron el ámbito deportivo y que se convirtieron en elementos relevantes de la identidad uruguaya. Un proceso repleto de hazañas que fue liderado por el mariscal, el gran capitán de nuestro fútbol. Una historia exitosa e inigualable que comenzó siendo celeste y terminó de color rojo.
*A los 7 días, Joosé Nasazzi jugó un partido internacional B con un combinado uruguayo en Rosario, Argentina.
Copa Héctor Rivadavia Gómez (2° edición)
Estadio Centenario.
20 de setiembre de 1936.
URUGUAY: Juan Besuzzo, José Nasazzi (C), Agenor Múñiz, Erebo Zunino, Álvaro Gestido, Galileo Chanes (45´´ Eugenio Galvalisi), Francisco Arispe (45´ Alberto Taboada) , Anibal Ciocca (55´ Severino Varela), Pedro Lago, Segundo Villadóniga, Eduardo Ithurbide. DT: Alberto Supicci.
ARGENTINA: Juan Estrada, Óscar Tarrío, Alberto Cuello (45´ Sabino Coletta), Alfredo Díaz, José María Minella, Aarón Wergifker,Ruben Cavadini (72´ Ricardo Alarcón), Francisco Varallo, Agustín Cosso, Diego García, Enrique García. DT Manuel Seoane.
Goles: 15´ Diego García (A), 67´ Pedro Lago (U), 86´ Segundo Villadóniga (U).
Martes 10 de junio de 1924. Portada del diario El Día. La publicación de José Batlle y Ordóñez, fue el único periódico que cubrió el campeonato mundial de fútbol, en la VIII Olimpiada, con un enviado especial. Lorenzo Batlle Berres, sobrino de Don Pepe, viajó como un integrante más de la delegación. Así comenzó la cobertura después de la sensacional victoria.
Buenos Aires estornuda y… ¡Montevideo se resfría! Esta muy antigua afirmación que mantiene total vigencia en el quehacer del diario vivir de las dos ciudades platenses de ambas orillas del río, marcó el desarrollo del fútbol.
The Argentina Asociation Football League se fundó en 1891 presidida por Alec Lamont. Organizó un campeonato oficial con cinco clubes que ganó Saint Andrew’s. En 1892 no desarrolló actividad. El 21/02/1893 se refundó la entidad con el mismo nombre disputándose el torneo con cinco clubes, de los cuales Buenos Aires and Rosario Railways había competido en el anterior. Equivocadamente la AFA actual reconoce la fecha de 1893 como la de su fundación y a Alejandro Watson Hutton primer presidente. Esta realidad cada día gana más adeptos entre los historiadores argentinos. De lograr éxito en sus planteos, la Asociación del Fútbol Argentino actual, pasaría a ser la tercera organización del fútbol del mundo, desde de los agrupamientos en el Reino Unido desde 1863, cuando los ingleses crearon el deporte football association y su entidad madre denominada con las iniciales del nombre del juego: la FA. De ratificar que el fútbol en Argentina se organizó oficialmente en 1891, tal como ocurrió en 1891, su asociación sólo sería superada por la de Dinamarca, creada el 18 de mayo de 1889, ocupando Argentina el tercer lugar entre las 211 asociaciones que actualmente posee FIFA.
Martes 10 de junio de 1924. Portada del diario El Día. La publicación de José Batlle y Ordóñez, fue el único periódico que cubrió el campeonato mundial de fútbol, en la VIII Olimpiada, con un enviado especial. Lorenzo Batlle Berres, sobrino de Don Pepe, viajó como un integrante más de la delegación. Así comenzó la cobertura después de la sensacional victoria.
El domingo 9 de junio de 2024 se conmemora el centenario de la que, sin duda alguna, fue la más grande, gloriosa e irrepetible campaña realizada por el equipo de la Asociación Uruguaya de Football en toda su historia, hasta nuestros días.
Seguramente, algunos jóvenes o viejos que se inclinen sobre estas notas, esgrimirán la hazaña del Maracanazo, colocándolo como el mayor éxito de la celeste, al ganar un partido que parecía imposible frente al dueño de casa que corría con todo el viento a favor. El argumento se diluye al señalar un dato de la realidad. Los uruguayos de 1924 también vencieron al dueño de casa, Francia, con 60.000 personas en las tribunas, alentando a los galos en busca de eliminar a los celestes en el partido de cuartos de final. De todos modos, debe agregarse, que aquellas cuatro conquistas logradas por Uruguay entre 1924 y 1950, son irrepetibles. Aunque pueda parecer una temeridad semejante afirmación, en los tiempos que corren y en el futuro, será imposible que la selección uruguaya de fútbol conquiste nuevamente el título mundial en fútbol. ¿En que se sustenta tamaña afirmación?
Con el reciente y puntual estreno de la firma estadounidense Nike en la camiseta del seleccionado nacional en la Copa América de 2024, consideramos que es un buen momento para repasar la historia de las empresas proveedoras del combinado a lo largo de la historia.
Uruguay lució Nike por primera vez y se suma a la larga lista de prestigiosas marcas que se han asociado a la Celeste.
1992 fue un año complejo para el seleccionado nacional. Plagado de luces y sombras, se redujo al enfrentamiento entre los “repatriados” (aquellos futbolistas orientales que actuaban en Italia) y el entrenador Luis Cubilla y a la gran cantidad de encuentros amistosos programados de cara a la Copa América de 1993 y, lo más importante, las Eliminatorias rumbo a la Copa del Mundo de Estados Unidos 1994.
En total, en aquel año se jugaron 10 partidos amistosos, pero no amistosos cualquiera: fueron juegos ante Brasil (dos veces), Argentina (vigente campeón de América y vicecampeón del mundo), Alemania (vigente campeón del mundo), Australia, Polonia, Ecuador, Costa Rica, Benfica de Portugal y Recreativo de Huelva de España (los dos últimos casos, internacionales tipo “B”).
La acción fue variada: se buscó mucha competencia y probar jugadores siempre intentando dejar en alto el prestigio celeste.
Suppici, entrenador en 1930, con Obdulio Varela, capitán de 1950. Pavada de reunión…
No. Los directores técnicos hasta mediados de los años treinta del siglo XX-con suerte- no eran lo que hoy conocemos.
En realidad, eran literalmente entrenadores, hombres que eran profesores de educación física en su mayoría-aunque no era algo necesariamente excluyente- y que se encargaban de ejercitar físicamente a los jugadores. En resumen, aquellos técnicos eran como los preparadores físicos de hoy.
Aunque parezca curioso, las alineaciones de los equipos las conformaban las comisiones directivas de los clubes, eventualmente con la palabra de algunos jugadores referentes, aunque estos lo que hacían principalmente era ordenar y dar las indicaciones en los partidos-concretamente, los capitanes-.
Los dirigentes sí intercambiaban con los entrenadores para conocer el estado físico y sanitario de los futbolistas y saber quiénes estaban en condiciones de jugar o no. En ciertas ocasiones, ese entrenador podía dar su opinión del equipo, pero no tenía ninguna potestad mayor.
Esta fotografía histórica, remitida al autor de la nota por Joaquín Rodríguez Nebot, refleja uno de los momentos de esplendor de la trayectoria periodística de Juan Ángel Miraglia. En la cancha del estadio de Maracaná, aparece junto a Juan Alberto Schiaffino y Alcides Edgardo Ghiggia, en el arco donde esos dos jugadores convirtieron los goles de Uruguay el 16 de julio de 1950. La imagen fue captada en 1952 cuando Peñarol participó en la segunda Copa Río disputada en la capital carioca. Miraglia, siempre atento, logró la nota exclusiva para La Mañana.
Escribe: Atilio Garrido
Para Juan Ángel Miraglia el tiempo no existía. A su lado, a tan solo setenta y cuatro días de conmemorar los 103 años de su vida, se tenía una imprecisa sensación de inmortalidad. Estuve con él departiendo casi una hora el jueves pasado, 13 de junio. Entregué en sus manos el libro de mi autoría sobre los 100 años del triunfo de Uruguay en Colombes. Estaba sentado en la mitad de la cama tendida, frente a mí. Se lo dediqué antes sus ojos escribiendo lo siguiente:
“Al gran Juan Ángel Miraglia con la amistad de unos cuantos años”.
Lo tomó en sus manos, lo leyó sin recurrir a los lentes, y con su clara y potente voz, planteó una pregunta.