Entre 1910 y 1950 no existía la “garra charrúa”


Elegir el impactante Uruguay 5 Francia 1, título de la columna con la cuál estrené mi contacto con los cibernautas en el sitio de los historiadores del fútbol uruguayo, llevaba el propósito de despertar en los visitantes la curiosidad que los animara al “click” para satisfacer su sorpresa por un tanteador que hoy –y desde hace muchas décadas-, es imposible que materialice un equipo uruguayo. Frente a Francia y, también, ante cualquier otro seleccionado por más débil que sea.
Perseguía una segunda intención. Que los lectores tomaran contacto con la opinión y el pensamiento que surgió entre los europeos -principalmente españoles y franceses-, que en 1924 asistieron a los nueve partidos jugados por una selección que representaba a la mitad del fútbol montevideano, con similar número de victorias en la gira previa al torneo olímpico de fútbol de París, a las que había sumado otros tres éxitos rotundos en el referido torneo. Ese “medio” conjunto defendía los prestigios de la Asociación Uruguaya de Football, afiliada a la FIFA desde mayo del año anterior. Lo integraban jugadores de Nacional, Rampla Jrs., Bella Vista, Liverpool, Lito (redondos), Belgrano, Universal y Charley, instituciones que junto a Racing, Fenix, Montevideo Wanderers y Uruguay Onward, componían la primera división de la referida asociación.
El otro “medio” que pudo aportar jugadores de tanto o más valor que los que viajaron con el equipo de la AUF, lo componían los jugadores de la rebelde Federación Uruguaya de Football, sin afiliación a la FIFA, requisito indispensable para poder competir en el primer campeonato mundial que organizaba la institución presidida y revitalizada por Jules Rimet desde 1921. Esos clubes eran los siguientes: Peñarol, Atlético Wanderers, Lito (cuadrado), Olimpia, Defensor, Rosarino Central, Sud América, Central, Misiones, Peñarol del Plata, solferino, Uruguayo, Las Piedras, Colón, Roberto Chery, Charley y Roland Moor.
Retomando el hilo conductor de la columna inicial, la finalidad de la transcripción de los diarios franceses después del triunfo por 5:1 de los uruguayos, perseguía resaltar la manera como desenvolvía su juego aquel equipo oriental. Según Andre Glaner “la habilidad de los uruguayos resulta tal que no pecaría de exagerado quien afirmara que por momentos ante las espléndidas combinaciones de sus contrarios, los franceses se vieron en situación un tanto ridícula”. Esta distinta forma de jugar la visualizó inicialmente Frants Reichel cuando Uruguay debutó goleando 7:0 a Yugoeslavia: “sus hombres accionan rápidamente, tiran de distancia y con violencia que nunca había apreciado y en el passing (así se llamaba el pase largo) son maestros. Yo creo que este team puede alternar con los profesionales ingleses”.

Portada del excelente y recomendable libro escrito por Aldo Mazzucchelli.
Decidido a continuar con este tema en la búsqueda de poner sobre la mesa la verdad histórica, que deja de lado la equivocada creencia de los contemporáneos que atribuyen esos éxitos a la “garra charrúa”, llegó a mis manos el libro Del tango al ferrocarril / El estilo del fútbol uruguayo 1891-1930, del autor Aldo Mazzucchelli. El calificado y reconocido escritor compatriota se animó en un documentado trabajo de 890 páginas a sustentar con prueba irrefutables la afirmación que inicia este párrafo. Con gran solvencia producto de una detallada investigación realizada, sustenta la verdad histórica de aquella época monumental del fútbol uruguayo, que los modernos y contemporáneos atribuyen sin ningún rigor de análisis a la “garra charrúa”.
Apenas como muestra de lo afirmado –sobre la que volveré en futuras columnas-, rescato de la primera páginas la extensa narración de Mazzuchelli relacionada con el ambiente que se vivía en tierra gala, “aquel primer día de junio de 1924 en que, a las cuatro y media de la tarde, los anfitriones, la orgullosa Selección de Francia, en el tope de su esperanza de llevar por primera vez el título olímpico en fútbol a su país, enfrentaría a la gran vedette del campeonato: el equipo con la camiseta celeste, el pantalón azul oscuro y las medias negras con vivos celeste, de la pequeña y desconocida república sudamericana del Uruguay”.
El autor transcribe la crónica del diario L’Auto escrita por Géo Lefebreve, entre otras cosas creador del Tour de France de ciclismo, advirtiendo las dificultades que encontraría Francia ante Uruguay teniendo en cuenta sus exhibiciones en el citado debut frente a Yugoeslavia y la siguiente victoria 3:0 dejando por el camino a Estados Unidos, clasificando para cuartos de final, instancia donde chocaría frente al dueño de casa, aspirante al título mundial. “He visto a los jugadores livianos, diestros, y rápidos de Uruguay demostrarnos toda la pureza de las combinaciones posibles en el fútbol, he visto la utilidad de la velocidad, reina en los deportes de combate; he visto toda la precisión que tienen las maniobras útiles”.
“Dos equipos han hecho ayer una notable impresión, y son los de Uruguay y Hungría. Los sudamericanos nos han dejado literalmente estupefactos. Les dábamos un cierto crédito por el hecho de sus performances bien recientes en España., Pero estábamos lejos de esperar verlos moverse con tal nivel de virtuosidad. Diblings asombrosos, desmarques, pases redoblados y ciencia comparable a la de los ‘pro’ (se refiere a los jugadores profesionales) ingleses, todo esto constituye el bagaje de los jugadores de Uruguay. Desde ya debe considerárselos como favoritos del torneo”, afirmó otra pluma calificada de ese diario, la de Gautier-Chaumet, después de la primera ronda de seis partidos eliminatorios.
La concluyente lotería de goles uruguaya dejando fuera del torneo a los locales franceses recibió todo tipo de elogios de los periodistas escritos de Francia. Resulta bueno recordar que en ese tiempo la televisión y tampoco la radio no existían. El periodista francés Lucien Gamblin escribió: “El fútbol de los artistas uruguayos fue extremadamente científico. Sus jugadores gustan del juego de pases cortos y rápidos, ejecutado con rara precisión. Son todos de una habilidad llamativa, y saben driblear admirablemente. La finta, el desmarque, no tienen secretos para ellos, y el entendimiento entre todos los jugadores es posiblemente el mayor que hayamos visto hasta hoy. Pese a ellos, nuestros vencedores de ayer tienen algunos defectos. Exageran el juego de pases ya frente al arco, y se entiende, pues los remates de sus delanteros son excelentes, pero no tan frecuentes. La pelota va de un lado a otro sin que el tiro que una espera se produzca… Los escoceses deben haber sido quienes les enseñaron a nuestros vencedores, o por lo menos estos han tenido por modelos a los futbolistas del norte de Gran Bretaña. Pero los sudamericanos han agregado a lo que haya aprendido de los escoceses una velocidad para el juego que estos están lejos de alcanzar”.
En aquel tiempo no existía el ya famoso contralor del porcentaje de “posesión” de la pelota. De haber existido y a estar por lo que comenta el acreditado Gamblin los uruguayos de aquella tarde dominaron por completo, dejando la impresión de que si hubiera rematado con asiduidad al arco, la victoria abultada por 5 a 1 pudo haber sido mayor.
Mazzuccchelli reproduce un escueto comentario de los siempre soberbios periodistas ingleses, quienes hasta nuestros días y a pesar de sus reiterados fracasos internacionales siguen considerándose los dueños del fútbol. “Al vencer a Francia por un margen tan amplio, el equipo uruguayos se ha convertido en favorito a ganar el torneo. Hacen un juego muy habilidoso de pases cortos”, publicó The Manchester Guardian. A renglón seguido el autor del trascendente libro editado afirma –con toda razón-, que “esta definición acumula otra prueba de que Uruguay, cuando ganaba a primer nivel, de ninguna manera jugaba como mucha gente cree ahora que jugaba”. En otras palabras y para concretarlo en términos actuales, Uruguay realizaba un fútbol de propuesta, con alta técnica para dominar la pelota y mantenerse en ataque permanente. Cualquier similitud con el Santos de Pelé que vi jugar o el Barcelona de la época dorada, no es pura coincidencia.
Más allá de apreciación personal el libro de Mazzucchelli se torna inevitable para quienes gustan de la verdadera historia de nuestro fútbol. Es un argumento demoledor para aquellos que, equivocadamente, continúan atribuyendo los gloriosos triunfos de Uruguay a la “garra celeste”. No lo fueron las grandes conquistas que se acumularon entre 1910 y 1950, incluyendo el anecdótico episodio que protagonizó Nasazzi con Lorenzo Fernández en el Campeonato Sudamericano de 1935 en Lima. También aquel equipo que vistió de rojo, venció 3:0 a Argentina y logró el título de campeón, forma parte de ese largo collar de éxitos obtenidos practicando un alto nivel de juego.